viernes, enero 05, 2007

Oriente

(Tras una lectura de Orhan Pamuk)

(...)

De todas formas, a esa hora de la noche lo que apetece es recostarse tranquilamente en el diván, enchufarse el narguile y no pensar en nada, sentir que la mente traza su propio camino, cada vez más vagaroso. Luego los brazos ya no se sienten, el insidioso picor se ha esfumado, sólo hay una infinita escucha. En la alfombra colgada en la pared de enfrente aparece una serpiente enroscada, plateada, que poco a poco va desplegando las alas. El alrededor del cuadro es de un intenso color morado. Las manos están tatuadas de henna. Hay un olor fuerte a vainilla y coco, luego aparece una mujer desnuda portando una bandeja con vasos altos en donde el hielo se agita como una mala furcia. Es un mal whisky, le pido que me traiga el otro brebaje, el de moras y avellana, con sorpresa en la cumbre. Ella me trae, por error, la belladona del señor. Se trata de una jovencita de no más de quince años que consiste en mucha carne abierta como una flor de hibisco. Se echa a mi lado y calla, porque no está autorizada a hablar con extraños. El olor a limón se esparce por la habitación. Noto que el vello de sus axilas renace con fuerza. Hay un algo amargo en su mirada, como si acusara al mundo de su belleza fatal. Sus ropas han caído antes de tiempo, ropas blancas que compró en el bazar cheap and chic de Mogador. Ahora consiste sólo en su silencio. (...)

Toda la noche moviéndose, no hay manera de situar la pieza. La jovencita practica una felación con buena técnica, aunque para su gusto está un poco ensimismada y no mira a la cara, eso puede dañar el resultado final. Sus pechos son dos gotas de miel, su ombligo una flor de nieve, su sexo una herida paciente, una flor ensnangrentada, congelada en el borde. Es muy fácil hacerlo con ella, salta y corre colina abajo, grita como una posesa cuando todo su culo entra en juego y el ano es saboteado a placer. Pide con fuerza que no se acaben los empellones. Luego hay un segundo de a bordo que se suma al proyecto, ella maneja la boca igual que antes, pero esta vez ya no puede seguir recitando la tabla del ocho. Despacio, se va escurriendo el fluido rosa, como un atardecer de invierno, en mitad de los almohadones. Un enano ha saltado del espejo y empieza a masturbarse furiosamente. Al final, eyacula, un líquido verdoso que se esparce por los pechos lánguidos. Los otros dos siguen dale que te pego.

Etiquetas: