sábado, febrero 05, 2011

La familia y otras hierbas

Después de tantos años, y metidos ya en el siglo XXI, aún permanece y rige la tiranía de los abuelos, herencia pertinaz de otra época más feroz. Por mucho que se diga que la familia tradicional ha mutado en algo más extraño, o bien la convivencia de los dos tipos de familia, la convencional o de siempre y la familia dislocada o flexible, ahí siguen los abuelos, antes desde el marco insoportable en la subida de la escalera o a la entrada misma de la casa, y ahora con su tiranía blanda en el cuidado de los nietos, los abuelos mandan y encima ahora viven más tiempo, por lo que su mano de hielo sigue teniendo todo controlado y en orden. Ir a casa de los abuelos es ya el pasatiempo favorito de las familias españolas, muy por encima de otros dudosos placeres. La jodienda familiar se perpetúa con nuevos modos y maneras, pero los abuelos mandan. En su segunda crianza (consentida y bien, nunca o apenas rechistada), los viejos de la casa arremeten contra cualquier posible mudanza e imponen su ley, que dice: la familia unida (por nosotros) jamás será vencida. Y los padres se libran de sus vástagos por unas horas los fines de semana, o durante todos los días de la semana, si se da el caso, pues a veces los retoños no pasan por el hogar paterno o materno ni para dormir. Da igual que sean familias monoparentales, los padres de los padres mandan igual. Y así esta terrible plaga no se acaba nunca.

Lo que no se acaba nunca tampoco es París, es decir, Alemania y Austria y la música contemporánea. Con nuevos pupilos bien amaestrados por Lachenmann y cía., la noche es larga y más largo es el día. En la zona del accidente aún no se ha presentado la policía para llevar a cabo las pesquisas, pero aquí huele a muerto hace rato. El coche iba a mucha velocidad y el final se veía venir. Pero sin embargo, los coches que vienen detrás van más deprisa aún, y a nadie le importa o siente la más mínima curiosidad, no pasa como en las películas de David Lynch. Los jóvenes compositores, vestidos de negro funeral y con sus sempiternas gafas de pasta, miran al horizonte despejado y no parecen sensibles a la helada de la Estiria. En los auditorios de media Europa su música no suena, y sus discos apenas se venden fuera de la zona euro, pero eso a casi nadie le importa, ya lo dejó dicho Babbitt, recientemente fallecido, a quién le importa si alguien escucha. Lo que importa es algo que está más allá del tiempo y quizás del espacio, y se nombra en alemán gótico. Alguna cantante sale a destiempo del escenario y luego las flores no van colocadas en el ramo preciso, pero eso al público tampoco le importa, como no se dio cuenta de algunos compases mal ventilados por la sección de viento. Mucho negro es tentación para animales de carroña. Pero la celebración sigue en Tallin, y no hay nadie que diga: basta.

Todo se ha vuelto una aplicación, todo se disipa y se evapora y se esfuma por extrañas alcantarillas de la mente, hay pájaros que vuelan al anochecer pero una sabiduría ya no existe o tiende a mantenerse al borde en el alambre, y los últimos enigmas están muy lejos, a años luz. Es posible que la tecnología sea suficiente, y a nadie le importe de verdad lo que se escucha, porque dos segundos es ya una eternidad para mantener la atención. A quién le importa, los de la fila ocho están en el bar con su cerveza negra en la mano y algo más fuerte dos horas después, tal vez un pisco sour. Los músicos callejeros despejan la calle para que la música tenga cabida, y dentro la gente suena, suena a su manera. Ocio y negocio. No va más. Dentro de poco, todo esto estará en Spotify, y si usted tiene Premium, posiblemente también esté en su tableta o en su móvil inteligente. La música no importa, lo que importa es otra cosa que está en ninguna parte

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1 Comments:

Anonymous Ángel said...

Verdades como puños. ¡Bravo! Se echan de menos más voces como la tuya.

11:49 a. m.  

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