domingo, febrero 06, 2011

Nueva y vieja música

Milton Babbitt murió hace unos días, era el padre de la música electrónica americana, y uno de los compositores más complejos de su país. Aquí en Europa nos quedan Pierre Boulez y Brian Ferneyhough, este último más joven... No sabemos hasta cuánto durará esta complejidad.

Y mientras hojeo el diario inglés y saboreo un Twinings, escucho un disco de jazz muy alejado de estas complejidades, un disco para cuarteto con músicos que no tocan juntos todo el tiempo, cada cual entra cuando quiere, y sin embargo es un álbum muy pensado, simétrico se diría, en espejo... Paul Bley y sus meditaciones, Gary Peacock y su retrato de un silencio, Tony Oxley y sus pinceladas en los címbalos, y John Surman en la campiña, desgranando su sutil melancolía.

Es domingo, y nadie, nadie escucha.

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sábado, febrero 05, 2011

La familia y otras hierbas

Después de tantos años, y metidos ya en el siglo XXI, aún permanece y rige la tiranía de los abuelos, herencia pertinaz de otra época más feroz. Por mucho que se diga que la familia tradicional ha mutado en algo más extraño, o bien la convivencia de los dos tipos de familia, la convencional o de siempre y la familia dislocada o flexible, ahí siguen los abuelos, antes desde el marco insoportable en la subida de la escalera o a la entrada misma de la casa, y ahora con su tiranía blanda en el cuidado de los nietos, los abuelos mandan y encima ahora viven más tiempo, por lo que su mano de hielo sigue teniendo todo controlado y en orden. Ir a casa de los abuelos es ya el pasatiempo favorito de las familias españolas, muy por encima de otros dudosos placeres. La jodienda familiar se perpetúa con nuevos modos y maneras, pero los abuelos mandan. En su segunda crianza (consentida y bien, nunca o apenas rechistada), los viejos de la casa arremeten contra cualquier posible mudanza e imponen su ley, que dice: la familia unida (por nosotros) jamás será vencida. Y los padres se libran de sus vástagos por unas horas los fines de semana, o durante todos los días de la semana, si se da el caso, pues a veces los retoños no pasan por el hogar paterno o materno ni para dormir. Da igual que sean familias monoparentales, los padres de los padres mandan igual. Y así esta terrible plaga no se acaba nunca.

Lo que no se acaba nunca tampoco es París, es decir, Alemania y Austria y la música contemporánea. Con nuevos pupilos bien amaestrados por Lachenmann y cía., la noche es larga y más largo es el día. En la zona del accidente aún no se ha presentado la policía para llevar a cabo las pesquisas, pero aquí huele a muerto hace rato. El coche iba a mucha velocidad y el final se veía venir. Pero sin embargo, los coches que vienen detrás van más deprisa aún, y a nadie le importa o siente la más mínima curiosidad, no pasa como en las películas de David Lynch. Los jóvenes compositores, vestidos de negro funeral y con sus sempiternas gafas de pasta, miran al horizonte despejado y no parecen sensibles a la helada de la Estiria. En los auditorios de media Europa su música no suena, y sus discos apenas se venden fuera de la zona euro, pero eso a casi nadie le importa, ya lo dejó dicho Babbitt, recientemente fallecido, a quién le importa si alguien escucha. Lo que importa es algo que está más allá del tiempo y quizás del espacio, y se nombra en alemán gótico. Alguna cantante sale a destiempo del escenario y luego las flores no van colocadas en el ramo preciso, pero eso al público tampoco le importa, como no se dio cuenta de algunos compases mal ventilados por la sección de viento. Mucho negro es tentación para animales de carroña. Pero la celebración sigue en Tallin, y no hay nadie que diga: basta.

Todo se ha vuelto una aplicación, todo se disipa y se evapora y se esfuma por extrañas alcantarillas de la mente, hay pájaros que vuelan al anochecer pero una sabiduría ya no existe o tiende a mantenerse al borde en el alambre, y los últimos enigmas están muy lejos, a años luz. Es posible que la tecnología sea suficiente, y a nadie le importe de verdad lo que se escucha, porque dos segundos es ya una eternidad para mantener la atención. A quién le importa, los de la fila ocho están en el bar con su cerveza negra en la mano y algo más fuerte dos horas después, tal vez un pisco sour. Los músicos callejeros despejan la calle para que la música tenga cabida, y dentro la gente suena, suena a su manera. Ocio y negocio. No va más. Dentro de poco, todo esto estará en Spotify, y si usted tiene Premium, posiblemente también esté en su tableta o en su móvil inteligente. La música no importa, lo que importa es otra cosa que está en ninguna parte

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sábado, julio 24, 2010

Pesadez, falta de aire

Una evangelista americana ha venido a Málaga para cuidar de las “working girls” del polígono Guadalhorce. Quiero contarles que Dios tiene un sueño, un plan, para ellas. Quiero que mejoren. Esta mujer también trabaja con las prostitutas de los burdeles de Los Boliches y Fuengirola. Espero hasta que terminan su trabajo a primera hora de la mañana y entonces camino con ellas cuando dejan el edificio y les digo “¿podemos tomar un café? ¿podemos hablar un rato? ¿puedo rezar con vosotras?” y eso es lo que quiero, compartir con ellas la idea de fe, esperanza y amor. Cuando ellas escuchan la Biblia, están equipadas por el poder de Dios para alejarse de las mentiras y decepciones del mundo. Para el futuro Joyce no sabe mucho, ahora su lugar está en la Costa del Sol, aunque tiene la sensación de que puede llegar a trabajar en Barcelona. ¿Quién sabe dónde me necesitará el Señor la próxima vez? Actualmente ella dice que su mayor proyecto es conseguir una furgoneta y así poder acercarse a las putas en el polígono industrial de noche. “Podemos montar una iglesia aquí mismo en la furgoneta. Podemos compartir la oración, estudiar la Biblia, escuchar música Cristiana, incluso tomar un café y hablar. Muchas de las chicas tienen miedo y no quieren dejar su puesto e ir a una iglesia tradicional en un edificio, así pues tenemos que ir hasta ellas. Aunque espero que algún día sea posible para mí tener mi propio edificio aquí en la Costa. Me gustaría hacerlo accesible para todo el mundo y me gustaría que estuviera abierto en esos momentos en que tantas almas perdidas me necesitan para que puedan ser iluminadas”. Desde que está en su misión, Joyce ha visto a muchas prostitutas cambiar de vida. “La primera chica a la que hablé cuando fui a Guadalhorce está ahora fuera de las calles y va regularmente a una iglesia de Nigeria en Málaga.” Preguntada si encuentra su trabajo gratificante, contesta: “Es mi trabajo. Dios es mi jefe”.

Camino de noche por esas calles dejadas de la mano de Dios, veo a gente sin nombre que pasea alegremente en busca de una diversión que no está asegurada. Dios es mi pastor estando con él estaré bien cuidado. No hay nadie para hablar, estuve encerrado un mes entero, sin pisar la calle, sin hablar apenas con nadie. Ahora el fresco de la noche me parece algo irreal, como venido de otro planeta. No hay mucha gente en realidad. En una esquina veo a Samuel, que está metiéndose una raya, me mira y se ríe, pero en realidad no es a mí. En la terraza del Tantra no hay nadie, aunque las mesas están bien colocadas. Una hora más tarde estoy por el Paseo Marítimo, totalmente despoblado a esas horas, corre un aire tibio, algunos gatos dan buena cuenta de los restos de arroz de un chiringuito. Me encuentro de repente con dos mujeres que tienen pinta de querer divertirse, parecen inglesas y van bastante escotadas. Pasan de largo sin ni siquiera mirarme. Me gustaría hacer algo detrás de esa roca. Ahí un verano me quemé tanto. Los recuerdos vuelan y se marchan lejos, y esta música imaginaria en mi cabeza, aunque dice algo así como “en el maravilloso mes de mayo”, lo cual es todo mentira, porque mayo es un mes malo, no maravilloso. ¿Por qué la música siempre miente? La música sirve para pensar en otra cosa, nos aleja de las cosas que de verdad importan. ¿Y qué es eso que importa de verdad? La salud del alma, un paisaje, el rostro amado, el dolor, un buen polvo, el paseo que ahora estás dando moviéndote en el vacío de la noche, las bocinas y cláxones de los coches, el zumbido del aire acondicionado, todos los sonidos macabros del asqueroso mundo. El que lo tiene todo en su finca en San Petersburgo dice que la vida es maravillosa, es como una colección de mariposas, ahí estáticas con su alfiler clavadas en la cruz de amaneceres inciertos. Dos putas más se me cruzan en otra esquina, debajo del Palenque, esta vez las oigo susurrarse algo en español. Son de Madrid. Llevan en una bolsa el material para un típico botellón, es decir, algo por lo que perderse en la bruma. Van muy maquilladas. Me uno a ellas, aunque no he sido invitado. Enseguida me doy cuenta que no hablan del todo mi idioma, sino una jerga de macarras de Malasaña o Lavapiés. Da igual. Mientras ellas (una pequeña y de pelo muy corto, un poco rubia; la otra, más alta aunque no tanto como yo, y con tetas grandes y el pelo un poco por los hombros) canturrean sobre sus recuerdos de instituto, yo me sirvo un buen vaso de ron Cacique (no tienen Legendario, vaya) y un buen lingotazo de Coca-Cola, aunque en realidad es para engañarme…, ellas brindan conmigo por el aire malsano de la noche y me preguntan algunas cosas que no entiendo. Una se llama Elisa, la de las tetas (la otra es casi plana), y tengo ganas de besarla, aunque esto es poco probable que ocurra, eso sólo pasa en el cine, y esto es la puta realidad de un lugar llamado Nerja, Costa del Sol, Axarquía. Las horas pasan febriles, cargadas de un aroma a otro lugar, con sus propios vestidos, sus sandalias negras a la moda, un pellizco es todo lo que consigues del tiempo que huye. No hay nada que pueda parar esta desidia, este malhumor sin motivo, este estado de botellón en la cabeza. Descubro que la botella en realidad es garrafón, y según voy echándolo al vaso de tubo, de plástico, va cayendo junto al alcohol una serie de semillas, algo muy pequeño y muy marrón, y la garrafa pesa tanto, tanto… Elisa se ríe como una descosida, pasa el camión de la basura por arriba a muchos metros, o puede que la arena esté tan fría, y sobra todo el calzado y hasta los labios buscan su música adecuada, y de repente descubro que estoy en otra playa, en Rincón, y que ella, la sabina de otros mares y otro siglo, está ahí al lado, con su bici mirando al cielo o a las espumas, y mi camiseta morada está húmeda pero no de sus dedos, y ella quiere bañarse pero no es la hora verde adecuada, tiene que ser otra música la que encierre el misterio, y entonces mira el reloj y dice que hay que irse, que en su casa la están esperando, aunque en su casa en realidad no hay nadie sino un montón de casettes mal colocadas sobre una mesa camilla y pone algo para agradarme como Javier Ruibal a quien he visto hace poco en directo, rosa de Alejandría pero no las variaciones goldberg de bach, que la aburren soberanamente; Elisa pasa una mano por mi pelo, siento sus pechos contra mi costado, siento algo que cae pero no es la botella ni el suelo bajo mis pies, sus uñas rojas muy rojosangre, algo que me dice que la roca no será impedimento, luego vendrá otra playa, en Cabo de Gata, y otro verano, que no será el nuestro.

Me doy la vuelta y reemprendo la marcha. Ahora no me encuentro más que con el holandés muy alto (ah, maldita redundancia) que va haciendo eses por el asfalto, va tan borracho que no puede tenerse en pie, y es tan alto, tan desgarbado… una araña, dos arañas, tres manzanas, cuatro fresones, cinco sandías, la luna brilla se dice algo a mis espaldas, una negra en una esquina haciendo su trabajo, el hombre se queja dulcemente pero ella sigue como si nada, la rusa no mueve ni pestañea, mi amigo se cabrea y dice que se baje y se hinque en el pilón, pero no hay nada más allá del malecón, no brilla la luna ni hay altas montañas, no hay cabras ni ganaderos, sólo un pobre inglés Peter con su tablero de ajedrez que duerme en un coche junto al río en un descampado al lado de coches quemados porque lo ha dejado su mujer.

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viernes, noviembre 21, 2008

Un circo es un circo

teatro secreto de Harrison Birtwistle, pero es demasiado largo y enrevesado, mejor the viola in my life II de Morton Feldman que suena antes, la viola, el suave murmullo de las olas, el viento entre las ramas, de una rama a otra rama, Ralph Towner y Gary Peacock, la guitarra soñolienta de doce cuerdas, el suave susurro de una voz amada, cuando había voces, Italia, tan lejos tan cerca, el que espera desespera, es viernes y sin embargo no espero nada, una película más, otra tontería, asomarse a las calles sucias después del infausto 20-N, un día como otro cualquiera, es una breve historia, ¿de qué?, este tío de Discópolis se cree muy listo con su John MacLaughlin y su rock y sus guitarras eléctricas, en una cosa sí coincidimos, no soportamos a la pedorra de Diana Krall, el jazz vocal para la gente que no le gusta el jazz, Steve Winwood, en vez de Rava o Bollani, para que no se espante la gentecilla, son los días, solitarios, esta historia del jazz es bazofia, no vale nada, este tío no gusta del jazz sino de sus sucedáneos, el jazz europeo no cuenta, ECM no significa nada para él, lo que cuenta es que

TODA LA MÚSICA VIENE DE ÁFRICA

que te den. ¿El jazz es música afro-norteamericana?, entonces no me gusta tanto como pensaba, yo que amo la música culta de refinado encanto, la viola en mi vida, no el banjo, no el contrabajo eléctrico, no la electricidad y los disparos al aire, no las tipas que joden en el escenario, no las letras de muertos zombis como Fito Páez, no este circo alrededor de cien bombillas de colores.

Y mientras, skins se dedican a pintarrajear las fachadas y las paredes de los colegios de Málaga, LA CALLE ES NUESTRA, y yo añadiría MATA INGLESES, SON HIJOS DE LA GRAN PUTA.

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miércoles, julio 09, 2008

Es el fin

Los hombres de hoy padecen, porque no tienen ya otra cosa, un consumismo musical enfermizo, así Reger, ese consumismo musical lo continuará la industria, que dirige a los hombres de hoy, hasta que haya destruido a todos los hombres; se habla tanto hoy de los desechos y de la química que lo destruyen todo, pero la música destruye todavía más que los desechos y la química, la música es lo que, en definitiva, destruirá totalmente todas y cada una de las cosas, se lo digo yo. Primero la industria musical destruirá los conductos auditivos de los hombres, y luego, como consecuencia lógica, a los hombres mismos, ésa es la verdad, así Reger.
(Maestros antiguos, op. cit., p. 174).

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martes, julio 08, 2008

Música trivial

Esta generación actual, curiosamente, no plantea a la música las altísimas exigencias que se planteaban a la música hace sólo quince o veinte años. Eso se debe a que escuchar música se ha convertido en una trivialidad cotidiana a causa de la técnica. Oír música no es ya nada extraordinario, por todas partes se oye música, esté uno donde esté, se ve francamente obligado a oír música, en todos los cafés, en todas las consultas de médico, en todas las calles, hoy no se puede ya escapar a la música, se quiere huir de ella, pero no se puede huir de ella, esta época está totalmente rodeada de un fondo musical, ésa es la catástrofe, así Reger.
(Maestros antiguos, op. cit., p. 173).

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